Archivo mensual: septiembre 2010

¡Qué injusta fue mi postura…!

¡Qué injusta fue mi postura
con esa gente de bien
cuya amistad rechacé!
Me ofrecieron siempre ayuda…,
hasta que la precisé.

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Coplilla al alma

¿Por qué al cuerpo mil cuidados
y las almas corrompidas,
si va la tinta al papel,
y el cartucho, al fin, se tira?


Querido Álvaro: Una carta con humor

17 de febrero de 2010

Querido Álvaro:

¡Feliz cumpleaños!
Ya sé que pasó, y que llegué tarde a la celebración ―según tú, no llegué, pero eso no es del todo correcto―, y que no te regalé nada… Pero todo tiene arreglo entre amigos, ¿no? El hecho de que no te comprara nada entonces no fue culpa mía. ¿O Acaso es mi culpa que los flujos monetarios y financieros no fluctúen de acuerdo con las fiestas y los cumpleaños de mis familiares y amigos? Entonces no tenía dinero, por eso te regalo ahora.
Pero no pienses que las cosas están mejor ahora. ¡Para nada! Te habrás dado cuenta, sin duda, de que el folio en que lees estas letras tiene algo impreso por el reverso. ¡Exacto! ¡Estoy reciclando! En parte es porque me preocupa el medio ambiente, en parte porque hace ya varias semanas que me quedé sin folios limpios. Gasto una cantidad ingente de papel. Entre la facultad, lo que escribo y que mi impresora ―la pobre está mayor― se dedica a imprimir cuando le viene en gana lo que le viene en gana, creo que estoy acabando yo solito con la Selva Amazonas. Pero te diré una cosa: ¡no me siento mal por ello! ¿Sabes por qué? Porque todo está relacionado con todo. Dicen que cuando al otro lado del mundo una mariposa aletea, aquí se genera una tormenta. Pues seguro que en la Selva Amazonas hay un montón de mariposas, y mira las navidades que hemos pasado, todo el día lloviendo; ¡que se joda la selva! ―si lees esto en alto a alguien, no leas lo de “que se joda”, que es de mal gusto por mi parte; si lo haces achacaré la falta a un fallo de redacción o a un virus informático que plaga mis documentos Word de “que se joda” continua y caprichosamente.
Por otro lado ―siguiendo con mis explicaciones de que las cosas no están ahora mejor que entonces―, te habrás dado cuenta ―y si no lo has hecho eres un auténtico animal― de que la carta que lees está escrita a ordenador. Sabrás que es mucho más correcto redactar este tipo de documentos a mano. Si fuera una de esas cartas de empresa, pues todavía, pero siendo, como es, un documento de índole personal, debería haber utilizado para ello mi pluma. ¿Por qué no lo he hecho? Muy sencillo: No entenderías mi letra. Y no porque tenga la letra fea o ilegible; nada más lejos de la realidad, mi letra ganaría certámenes de belleza si hubiera alguien tan estúpido como para organizarlos. Ocurre, en cambio, que, además de comprarte este regalo a ti, le he comprado el regalo de Reyes a Mercedes ―por lo mismo que te he contado antes, en aquellas fechas no tenía dinero para comprarle a ella nada―. Este par de desembolsos han dejado algo afectado mi sistema nervioso, y se me ha quedado un ligero temblor en las manos que deforma mi letra horriblemente. No te preocupes, ya me iré reponiendo.
Para más inri, el otro día me ocurrió una desgracia que no ha contribuido a mejorar mi temblor de manos, todo lo contrario. Tras dejar a Mercedes en su casa, a razón del antipático frío que arreciaba, decidí tomar el tranvía ―esplendido como me hallaba, pues tenía unos cinco euros en monedas; estaba que lo tiraba―. Tú sabes que soy algo despistado. Pues bien, llegué a la parada del Prado de San Sebastián pensado en mis cosas y ―¡horror!―, sin darme cuenta, introduje la primera moneda en la ranura destinada a acoger las tarjetas, los bonobus o vete tú a saber para qué chorras está esa ranura ahí. Al percatarme de que la pantalla no mostraba el importe que ya había introducido, y sin adivinar aún que me equivocaba de ranura, decidí meter los veinte céntimos restantes para empujar la moneda de un euro que, tal vez, pensé, se había quedado atascada sin poder bajar por el conducto pertinente. Al hacerlo, el resultado fue idéntico al descrito arriba. No tardé en darme cuenta de mi error, con gran desagrado por cierto. De modo que, como presagiarás, tomar el tranvía me costó dos euros cuarenta; un auténtico dineral por recorrer unas cuantas paradas. Me alegra pensar que me cargué la máquina al introducir las monedas por al abertura equivocada. Estuve todo el camino de vuelta tranquilizándome con la imagen de tres operarios ―uno trabajando y dos mirando, por supuesto; ¿quién le sujetaría si no el bocadillo y el pitillo?― preguntándose a voz en grito quién habría sido el subnormal que había metido monedas por ahí. La próxima vez se preocuparán de que esté mejor indicado. ¡Que se jodan! El virus de nuevo.
Ya ves pues que mal está todo. La gente dice de la cuesta de enero, pero la de febrero le está ganando por goleada, y me da miedo pensar en la de marzo y abril. Eso sin contar lo de la Crisis de la Cerveza. Un euro con veinte. ¡Qué barbaridad! Y nadie se queja. Con el petróleo sí… ¿Es que soy el único que consume más litros de cerveza que de gasolina al mes?
En fin… ¿Para qué te escribía yo?… ¡Ah, sí! Tú regalo. Ya lo habrás abierto, y te habrás encontrado con un fabuloso libro. Tal vez pienses que te he comprado la edición más barata, y es cierto, en cierto modo… Bueno, en realidad es completamente cierto en todos los modos, es la más barata, pero no lo hice por racanería. Pensé que preferirías la edición de bolsillo, que es más cómoda de leer. Yo tengo la buena, un día te dejo que la mires. De todas formas no te preocupes, la traducción es la misma. Quizás la tuya no tenga dibujitos, pero si quieres te fotocopio los de mi libro, y no te cobro las fotocopias; eso corre de mi cuenta ―si estuviéramos hablando por chat ahora insertaría un emoticono de guiño, pero hacerlo en una carta es una horterada; te aguantas y te lo figuras tú solito.
El libro es muy bueno. Es una auténtica genialidad. Ya te hablé de él en alguna ocasión. El autor tiene un estilo muy ágil. Es muy divertido y maneja el patetismo como ninguno ―si es que eso existe―. Es un libro que debería leer todo el mundo. Y a eso voy. Si quieres dejarle el libro a alguien, no seré yo quien te lo impida. Tal vez podría leerlo Caro. Pero he pensado, y es sólo una idea, una tontería, que después podrías dejárselo a otra gente, y cobrarles un precio módico, asequible ―¿unos cuarenta céntimos, quizá?―, por leerlo. El libro se lee muy rápido; la rotación sería bastante alta. Podrías empezar por la familia. Podrías leerte el libro en casa, profiriendo grandes carcajadas de cuando en cuando, y también frunciendo el ceño en actitud de absorbente interés, en otras ocasiones. Luego podrías recomendárselo a quien, atraído por tu actitud, se interese por él, con la ayuda de Caro ―la cual no debe saber nada del negocio, porque querría su parte―, que también les debe hablar maravillas de la obra, y cuando ya estén babeando por cogerlo, cuando sus dedos ya acaricien las blancas y recortadas tapas del libro, pumba, les dices que lo alquilas. Puedes utilizar cualquier maña: decir que es para una buena causa o para una mala, para los niños pobres, para los ricos, para los de clase media que fingen ser de clase alta, para los de alta que fingen ser de baja, para lo que quieras. ¡Échale imaginación! Yo puedo enseñarte una técnica que tengo ya muy perfeccionada: “La mirada del Gato de Shrek” ―tal vez haya escrito mal “Shrek”; no pienso corregirlo―. A mí me funciona multitud de veces. Y no hace falta que tengas un gorro que estrujar, tiene el mismo efecto si lo haces con una bufanda o un chaleco. Lo importante es la mirada. Yo me motivo pensando en lo que me juego, en lo que gano si funciona. Me mentalizo evocando la voz del camarero diciendo: “Venga, Felipe, a esta te invito yo!” Luego piensas en algo que te entristezca horrores. Yo antes pensaba en la subida de la cerveza. Ahora, desde lo del tranvía, me funciona mejor recordar a aquel euro veinte que abandoné a su suerte en una fría máquina.
He pensado que, ya que yo he sido el inversor principal del negocio, podríamos ir a medias. ¿Qué te parece? Sólo me llevaría veinte céntimos por cada alquiler. El libro se amortizaría solo. Luego podríamos ir comprando más libros y alquilándolos en lugares variados. Podríamos empezar por nuestras familias, luego por los bares ―la Abacería nos ayudaría a distribuirlos por allí―, y en nada de tiempo, ¡ja!, ricos. Piensa que, mientras más dinero gane yo, menos me tenéis que invitar vosotros. Sales ganando lo mires por donde lo mires.
La idea es genial, reconócelo. Tengo un amigo judío… Bueno, en realidad no es judío, pero le caen muy bien los judíos. Posee un vínculo empático muy fuerte con ellos, y se le ha acabado pegando su olfato comercial. Siempre se pone del lado de ellos en los conflictos con los palestinos. Además, a veces viste de negro, por lo que creo que es un poco judío. En fin…, tengo un amigo que es “un poco judío”, que dice que es un negocio genial, que a él le encantaría invertir pero que ahora mismo tiene todo su dinero en otros asuntos… O probablemente hubiera dicho eso si yo le hubiera contado la idea. Pero es mejor no decirle nada; ya sabes cómo son estos judíos, ¿eh? Seguro que trata de robarnos la idea. Lo importante es que mi amigo “medio judío” ―en realidad también tendría que entrecomillar lo de “amigo”―, diría que es un gran negocio, en caso de que yo le preguntase. Y los judíos son muy buenos en esto. Los romanos ―que eran unos capullos integrales, pero hablaban muy bien latín, y yo respeto mucho a la gente que habla latín―, ya sabían lo bien que se les dan los negocios a los judíos; por eso montaron una sucursal en Jerusalén. Perdona por lo de “capullo” y por lo de “integral”, sé lo poco que te gusta todo lo que suena a light.
Y con esto me despido, que la cosa se está alargando más de lo debido, y yo tengo montones de tiempo que lanzar al calmo y apacible lago que es mi vida cotidiana. Que sepas que mis intenciones son nobles ―una de ellas creo que es marquesa; las otras no son nadas, pero tienen unos aires que como si lo fueran―. Sólo quiero que la gente lea y beneficiarme de ello, y que tú también lo hagas, claro.
Espero que te guste el libro y que sepas valorar una buena idea cuando la tienes delante.
Un abrazo:

Tu amigo Felipe.

Posdata: Si no has destrozado el sobre con tus manazas, tal vez lo podría reutilizar, ya me lo das otro día. Pero, si lo quieres, te lo puedes quedar; un regalo es un regalo ―guiño.

Posdata 2: No pienso revisar la carta. No seas remilgado con las faltas de ortografía y el estilo. Al que no le guste “que se joda” ―virus.


Cuando me sonríes

Cuando me sonríes
se te hace un hoyuelo
en la mejilla derecha que inspira
toítos mis sueños.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.