La policía del lenguaje políticamente correcto

Quiero aprovechar este primer artículo que escribo en este foro para agradecer la invitación a colaborar en él de mi buen amigo Felipe Santa-Cruz, creador de este espacio “limpio pensadores”. Algo que ha hecho, además, de manera arriesgada, ya que me ha dado plena libertad para que escriba sobre aquello que entienda por conveniente, si bien por tratarse de un blog que cultiva las letras, a ellas trataré de ir refiriendo mis artículos y entradas. Ahora bien, a falta del arte que tiene mi querido Felipe para que de su pluma salgan bellas estrofas, no me queda otro recurso que la clásica prosa.

Y valiéndome de esta prosa española dedico este artículo a la policía del lenguaje políticamente correcto que determinados sectores sociales y políticos, con supina ignorancia, pretenden imponer. Un lenguaje en el que “el campesino” es “operador agrario”; hablar de una “persona negra” (sin connotaciones) es entendido como racista y hay que decir “persona de color”, o, como escribía en un artículo Pérez-Reverte sobre el uso del término “moro”, donde defendía a un pobre chaval que había sido igualmente reprendido por su profesora por haber llamado “moro” a los “moros”.

En esta sociedad edulcorada e indolente surge una nueva forma de policía, la de lo políticamente correcto, encargada de imponer bellos eufemismos para evitar llamar las cosas por su nombre. Y ello de una manera que roza ya lo esperpéntico. Aquí en Italia, por donde estoy yo ahora, resulta que los discapacitados, ya no son discapacitados, hay que llamarlos personas “diversamente hábiles”. Yo sinceramente cada vez que lo oigo pienso que están hablando de un saltimbanqui o algo así –por eso de tener muchas habilidades-.

Ahora bien, lo que hoy día se está llevando ya la palma es la policía frente al “lenguaje sexista”. En España ya no queda entidad pública que no disponga de una “guía del lenguaje no sexista”, las cuales se imponen manu militari también sobre los particulares. Nuevamente Pérez-Reverte hace unos meses nos relataba el caso de un empresario que había sido sancionado por poner un anuncio en el periódico donde decía “Se busca auditor”. ¡El muy criminal por ahorrarse unas “perras” y escribir como manda la Real Académica no había puesto “auditor y auditora”!

Hoy he cogido, por poner un ejemplo, la guía del lenguaje no sexista que promueve el Consejo de la Juventud de la Región de Murcia. En ella me encuentro cosas como que no hay que hablar de “los alumnos y las alumnas”, sino del “alumnado”; no de las “limpiadoras”, sino del “personal de limpieza”; que debemos utilizar tanto “gobernante” como “gobernanta”, etc.

Aunque pueda ser cierto que en algún supuesto muy excepcional sí que pueda haber una cierta connotación sexista en el lenguaje, creo que estas políticas suponen irse fuera de tiesto, amén de en muchos casos ser fruto de una franca ignorancia. Perder, por ejemplo, la palabra “moro” de nuestro lenguaje, comparto que es un empobrecimiento del mismo y nada malo debemos encontrar en ella. Otra cosa son las entonaciones o las formas en cómo se use. Pero es que, además, hay mucha ignorancia en todo esto. Convendría que antes de lanzarse a escribir una guía de este tipo se estudiara un poco de morfología y de etimología. Por ejemplo, aquellos que dicen que hay que hablar de “gobernante y gobernanta” o de “dirigente y dirigente”, debieran saber que estas palabras no son más que participios activos de verbos terminados en –er e –ir: amar/amante; caminar/caminante; dirigir/dirigente; gobernar/gobernante; enseñar/enseñante, etc. Y como éste muchos otros ejemplos que ponen en evidencia lo que según algunos de estos estultos son casos flagrantes de lenguaje sexista.

El lenguaje en sí mismo ni es sexista, ni es racista, ni demás demonios. Creo que detrás de todo esto, como bien dice Pérez-Reverte, lo que hay es un ánimo de utilizar nuevamente el lenguaje como arma política y convertirlo, aunque sea a costa de empobrecerlo, en un caladero de algunos votos. Pero, además, yo iría más allá. Creo que en esta edulcoración del lenguaje hay también una manifestación de los problemas actuales de nuestra sociedad: una sociedad que no es capaz de mirarse al espejo y verse cuál es, que necesita pintarse y maquillarse; una sociedad acomplejada, eufemística, perdida en las formas y que olvida el fondo; una sociedad que rechaza el esfuerzo y el trabajo, el mérito y la capacidad, y los expulsa incluso del lenguaje –ya no hay premios a la “excelencia académica”, sino al “rendimiento”-. En definitiva, una sociedad pobre de espíritu, que algunos quieren hacerla también pobre en el lenguaje.

Germán Teruel


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