Archivo mensual: diciembre 2010

Tres amigos opinan sobre un pordioser que fue antaño su compañero

I

Triste, débil y viejo

y sin dinero.

Nunca aprendió a ser libre

ni a tener dueño.

II

Aquel triste y sucio y pobre pordiosero

consiguió ser libre del vil capital,

y ahora pide loco a mano tendida

aquellos grilletes y aquella maldad.

III

La tierra de la que vengo

es erial de surcos secos,

y en su canto sólo hay ecos

de su pasado abolengo.

 

La tierra a la que yo quiero

se desgrana. Ya no sabe

hacia adonde girar suave

su mirada el girasol.

Y su pueblo, pordiosero,

es árbol seco arrancado

que se pudre, y que olvidado

espera a la muerte al sol.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá

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La danza de la lluvia del gobierno

¡Vaya la que está cayendo! ¡Qué forma de jarrear! No para de llover. Y dice la teoría del caos que el aleteo de una mariposa puede generar tormentas al otro lado del mundo. Pues debe haber una familia de ellas con un descomunal problema de ansiedad allende los mares. Si no las mata nadie, nos encharcan las navidades, como el año pasado.

Y luego está “la globalización”, ese gran cajón desastre al que va a parar, según quién lo use, ora todos los elogios, ora toda la porquería que hay sobre la mesa de debates. Los economistas se acuestan y se levantan con dicho término; sus esposas le guardan un celo horroroso. Y, claro, todo el día pensando en lo mismo, ¿qué brota de sus inteligencias?, ¿piropos cariñosos para sus olvidadas señoras? Para nada; máximas como ésta: “EEUU estornuda, y Europa se constipa”. ¿Quién nos mandaba a nosotros a estar dentro de Europa; a Europa, a no apartarse cuando EEUU estornuda, y a EEUU, a no taparse la boquita cuando tose?

¡Hala!, ya estamos constipados y empapados. Entre la globalización y la meteorología, no paran de hacernos la puñeta, no para de llover sobre mojado, y España… que no se cura.

Pues llamemos a quien tenga poder para sanarnos.

Dirigimos nuestras vista hacia el gobierno. Es a él a quien suponemos nuestro médico, nuestro Galeno, nuestro curandero, o al menos el único de nosotros que llega al botiquín, al armario de las medicinas, y sobre todo, que tiene las llaves de ambas cerraduras. ¿Qué hacen? La danza de la lluvia, que no sirve para nada, pero queda simpático y entretiene al vulgo.

A la meteorología no  hay forma de sortearla —bueno, sí, ya lo hemos dicho: matar a las mariposas—. Pero, en cuanto a la economía, alguien, hace ya tiempo, debería haber propiciado que el país se liase una bufanda alrededor del cuello, y dejado que guardase cama y se medicase. ¿Por qué no se hace? Fácil. No es el médico el que muere, sino el enfermo.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.


El país dentro de la carpa

Circo del Sol

Una carpa encierra a la vez que protege. La carpa de la que hablamos encierra magia, ilusiones, fantasía, un mundo donde lo artificioso se logra a base de sudor, genialidad y trabajo. La carpa de la que venimos hablando pertenece al Circo del Sol.

Este lugar está poblado por seres generosos. Su trabajo es emocionar y entretener. Su llanto durante los ensayos son sonrisas del público durante la actuación; sus ropas disfrazan a la par que cubren las marcas de la entrega; vuelan y se arrastran por el escenario, a veces más espíritu que cuerpo, más ilusión que realidad.

Pero la carpa es todo un país, y existen otros seres bajo ella: los espectadores. Ellos son tan generosos como los primeros, pues llegan vacíos pretendiendo llenarse. Y, ¿Acaso no es generosidad el permitir recibir?, ¿no es esto lo mismo que confiar? El que da un consejo no es más generoso que el que lo recibe con agrado, quien regala una sonrisa no es más desprendido que quien la guarda en su alma, el que lee entrega tanto como el que escribe.

El fuego calienta al hombre, cierto; pero el hombre alimenta el fuego. El ser humano da y recibe, pues precisa de ambas acciones. A veces, recibiendo, en verdad se da. ¿Cómo delimitar estas fisonomías? ¿Dónde está aquella línea divisoria? Ambas son fundamentales, ambas son el día; no conocemos crepúsculo.

El artista se yergue sobre el escenario y dice: “dejen sus preocupaciones, pasen a un mundo de sensaciones y sentimientos: les acercaremos lo divino”; el espectador se acurruca y se deja engrandecer.

Sublime misterio que cuelga al trapacista de cables y entrega alas al espectador. ¿Brilla el sol fuera?; dentro brillan almas.

Una familia ocupa varios sitios. ¿Cuáles? Cuales quiera. ¿Cuántos eran en dicha familia? Dígalo usted, o inventemos juntos la cifra; no nos importa realmente.

Nos importa que había un padre. Es fundamental decir que un hijo suyo se sentaba, por ejemplo, a su izquierda.  ¿Qué edad tenía el padre? Pues era mayor que el hijo, obviamente. ¿Qué edad tenía, pues, el hijo? Ahora responderíamos: ¿acaso lo podemos determinar? En aquel momento tenía la inocencia de un crío que se lo cree todo, los movimientos emocionales de un poeta y la mirada de un sabio que contempla la naturaleza.

Las luces del escenario se apagan y éste queda a oscuras. La música llena cada espacio, cada vacío, ahora es la auténtica protagonista. El hijo cierra los ojos e inspira profundamente, se concentra y estremece. Diríase que aspira el alma del espectáculo y  trata de oír sus latidos.

El padre lo mira y lo juzga cansado.

– ¿Duermes hijo?– pregunta entonces éste.

– No– contesta el hijo–. Sin embargo, sueño.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.


Poco que decir

Cuanta más arena
voy viendo caer,
siento que me queda menos por decir
que por aprender.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.