Archivo mensual: junio 2011

El bufón que dejó de reír, o Rigoletto

Rigoletto, 26/4/2011, MET New York.

Rigoletto: Zejco Lucic
Gilda: Diana Damrau
Duque de Mantua: Giuseppe Fillianotti
Maddalena: Nancy Fabiola Herrera
Sparafucile: Stefan Kozak

Dirección musical: Fabio Luisi

Primera ópera de la trilogía popular verdiana (junto con Il Trovatore y La Traviata), Rigoletto marca un antes y un después en la ópera italiana. Como ya hablé de ella hace 2 años cuando la vi en Murcia, me limito a la crítica de los cantantes.

A pesar de la crisis profunda de barítonos verdianos que existe, Lucic es una de las contadísimas excepciones. Y si añadimos que Rigoletto es uno de los papeles baritonales más apetecibles y exitosos (si se canta bien, claro está), la combinación, o mejor dicho, fusión entre ambos, aporta un preciado disfrute al aficionado verdiano. Su punto fuerte diría que es el fraseo y la acentuación del texto de un personaje que conoce muy bien y ha rodado por los más importantes escenarios mundiales. Quizá echemos en falta algo de metal, a lo Bastianini o a lo Milnes, pero es otro concepto de Rigoletto, algo menos agresivo que lo que se solía escuchar en los 50 y 60. Sobresaliente.
La Damrau (yo creo que le podemos poner ya el artículo delante, como se ha hecho siempre con las Grandes) es una de mis Gildas favoritas, de ahora y siempre. Su timbre y cualidades vocales se identifican con este personaje, entre otros, y sus pianissimi, trinos, escalas, son de los más bellos que se han escuchado nunca. No me acordaba de Joan Sutherland esa noche, y eso es buena señal. Matrícula de arriba a abajo.
No entiendo cómo en el MET, quizá el mejor teatro de ópera en los últimos tiempos, se permite que canten profesionales así. Desafinado, forzado, y con agudos algo estrangulados, el tenor italiano no dio la talla, y se merece un suspenso. Empañó en cierto modo una noche magnífica.
La cantante canaria, pese a contar esta vez con un papel secundario, fue también uno de los puntos fuertes de la actuación. Notable.
Sparafucile, el malo de los malos, asesino al servicio de Rigoletto para matar al Duque, no molestó demasiado en sus contadas apariciones, dio bien su fa grave, aunque el fraseo no es lo suyo, muy tosco y mal ligado. Suficiente.

La dirección musical, si bien falta de volumen e intensidad, fue muy rica, matizada y colorista. Se despertó sólo en el tercer acto, el más violento de los tres. Notable.
El coro sensacional, y la puesta en escena clásica y tradicional, bastante bonita.

Contamos con infinidad de grabaciones.

Bonynge; Milnes, Sutherland, Pavarotti. 1971. (estudio)

Kubelik; Fisher-Dieskau, Scotto (mucho mejor la Scotto aquí), Bergonzi. 1963 (estudio)

Gavazzeni; Bastianini, Scotto, Kraus. 1961 (directo)

Giulini; Cappuccilli, Cotrubas, Domingo. 1978 (estudio)

(y para los callistas…) Serafin; Gobbi, Callas, Di Stefano. 1955 (estudio)


La gitana despistá, o Il trovatore.

Il Trovatore. 23/4/2011, MET, New York.

Manrico: Marcelo Álvarez/desconocido
Leonora: Sondra Radvanovsky
Azucena: Dolora Zajick
Conte di Luna: Dimitri Hvorostovsky

Director musical: Marco Armilliato.

“Mi vendica! Mi vendica!”
Azucena narra a su hijo adoptivo, Manrico, su historia, y le pide que le ayude a cumplir la orden de la madre de Azucena, quien clamaba venganza a su hija mientras la quemaban en la hoguera por maldecir supuestamente al hijo del Conde de Luna. Azucena entonces decidió raptar a otro bebé de la familia y lanzarlo a la hoguera. Tal fue su desesperación que lo confundió con su propio hijo y fue a éste a quien quemó. Angustiada, culpable, desolada por su grave error, cría a Manrico (hijo del Conde raptado) como si fuera su propio hijo. Cuando éste conoce la historia, decide vengar a su madre buscando a su hermano para matarlo, no sólo por la muerte de la madre de Azucena sino por estar enamorado de Leonora, noble aragonesa.
Un argumento poco creíble, lleno de lagunas, pero sensacional si se tiene en cuenta la fecha de su estreno: primero en 1835 la obra del dramaturgo Antonio García Gutiérrez, y posteriormente en 1853 la ópera de Verdi.
Desde que conozco Il Trovatore la he amado siempre, hasta el punto de que es mi ópera favorita. No por el argumento, sino gracias a su música, tan concentrada, rica, pegadiza, a veces dramática y otras increíblemente volátil. Dijo Karajan que para cantarla se necesitaría contar con los 4 cantantes mejores del mundo, cada uno en su cuerda: el mejor tenor para Manrico, la mejor soprano para Leonora, la mejor mezzo para Azucena, el mejor barítono para el Conde. Haría falta matizar esta afirmación, porque el concepto de “mejor” es dudoso, y cada cantante tiene su repertorio específico dentro de la ópera, pero se le puede entender al maestro alemán dada la gran dificultad de los cuatro fantásticos y apasionantes papeles, muy equilibrados en cuanto a los números de importancia que Verdi les ha concedido. Es una ópera que suele atraer al más novato espectador y sigue excitando a los más veteranos ya que es toda una obra musicalmente perfecta, sin altibajos, con una estructura fácilmente visible, tradicional, cerrada, donde sus números están muy bien delimitados, y cuyas partes lentas y rápidas también están compensadas. La más inspirada música que el Maestro ha escrito nunca

Fue una gran experiencia, un sueño, verla por primera vez en el MET de NY. El reparto y la dirección tuvo sus luces y sombras, pero al ser Verdi siempre es disfrutable.

Azucena, Dolora Zajick, una de las grandes triunfadoras de la noche. Ya con experiencia, esta mezzo norteamericana “afincada” en el MET, dio a sus 60 años una gran interpretación de el papel por el que mejor se le reconoce a esta cantante. Volumen más que suficiente, timbre impecable, a la vez dulce y agresivo, agudos segurísimos y muy bien colocados, los graves tienen un color distinto (lo cual no es muy conveniente) pero no empaña una interpretación de matrícula. La mejor Azucena del momento. También es cierto que no tiene tanta competencia como la había en los 50 y 60. Brava!
Leonora, Sondra Radvanovsky, completa el reparto femenino y la noche de gloria. No conocía a esta cantante más que de oídas. Cierto es que siempre oí hablar bien de ella, aunque no me puse a investigar sobre su discografía, que es bien breve. Ahora he descubierto que aún queda alguna buena soprano verdiana a la que agarrarse. No es la Caballé, ni la Price, ni la Tebaldi, pero visto lo visto hoy en día, supera con creces la satisfacción del público. Ama el papel, siente sin sobreactuar, no huye de las partes vocales más complicadas y hace vibrar al público. Es la estrella aclamada, cuendo aparece, porque hasta el final nunca coincide con Azucena en el escenario. Sobresaliente.
Manrico por naturaleza es un personaje accidentado, con mala fortuna y tan temido como querido por los tenores líricos. Han sido los más grandes quienes se han atrevido no sin éxitos inolvidables: Bergonzi, Domingo, Pavarotti, Corelli…cada uno en su estilo. Marcelo Álvarez, aunque no moleste demasiado, no es un buen Manrico. Tiene una voz demasiado clara, acentúa regular, no tiene mucha imaginación ni interés. De hecho pidió una sustitución después del segundo acto (decían que estaba enfermo), por lo que un joven tenor americano, con buen material pero aún sin pulir, tuvo que ponerse en su lugar. No logré entender el nombre, pero sí es cierto que nos gustó a la mayoría por su mayor volumen y metal, y su entrega interpretativa. La técnica fue su punto más débil, la cual se demostró en la complicadísima aria del acto tercero. Suficiente raspado el primero y notable al segundo, tal y como está el panorama de Manricos en este siglo.
Tenía más esperanzas en el barítono ruso que cantó el papel de Conde, pero no terminó de convencerme. Contaba la mayor parte con poco volumen, no es buen fraseador, aunque resulta agradable cuando alarga las notas bien colocadas y su presencia en escena es notable. Suficiente alto.

En cuanto a la dirección, se echó en falta más chispa y fuerza, no fue muy original aunque tampoco les complicó la vida a los cantantes. Armilliato fue un buen concertador, sin más. Bien.
El sonido de la orquesta sí fue brillante, así como el del coro.

La puesta en escena no mostró grandes particularidades, fueron respetuosos con el libretto.

Hay versiones para reventar, algunas de ellas más que excelentes

Karajan; Price, Corelli, Simionato, Bastianini. 1962 (directo)

Serafin; Stella, Bergonzi, Cossotto, Bastianini. 1964 (estudio)

Mehta; Price, Domingo, Cossotto, Milnes. 1969 (estudio)

(para los callistas…) Karajan; Callas, Di Stefano, Barbieri, Panerai. 1955 (estudio)


Un Rossini perfecto.

Le Comte Ory, 21/4/2011, MET New York.

Comte Ory: Juan Diego Flórez
Comtesse Adele: Diana Damrau
Isolier: Joyce Didonato
Rimbaud: Stephan Degout
Tutor: Michele Pertusi

Director musical: Maurizio Benini

Poco supondría para las arcas del MET programar una ópera tan infrecuente como ésta, aun siendo Rossini, si no fuera por las estrellas que colman el reparto. En primer lugar, cabe señalar que nunca se escenificó Le Comte Ory en el templo norteamericano hasta ahora, y han tenido que ser el tenor peruano, la soprano alemana y la mezzo estadounidense quienes inciten, promuevan, impulsen al teatro a desempolvar esta graciosa y elegante ópera, que si bien no está a la altura de otras joyas cómicas rossinianas como El Barbero, La Cenicienta o La Italiana en Argel, es muy conveniente que entre en el gran repertorio. Los divertidos cambios de identidad del protagonista (se disfraza de ermitaño y monja), las escenas truculentas, y sobre todo, como siempre en Rossini, la música, la hacen merecedora de un mayor interés. Hay que tener en cuenta que no es una ópera puramente original, ya que es una adaptación de la anterior Il viaggio a Reims al francés, aunque algunos números son nuevos.

No hay un único triunfador en esta GRAN noche de ópera, todo sonó a la perfección, no sabría señalar una sola arista a alguno de los tres protagonistas.
La primera vez que veo a Flórez (y al resto de los cantantes) cantar una ópera ha sido precisamente ésta, en Nueva York, cantando su especialidad, que no es otra que Rossini. No diré nada nuevo cuando me refiera a que no tiene rival en Rossini, ni nunca lo tuvo. Probablemente es la voz que el maestro de Pesaro soñaba para sus papeles de tenor, aunque despreciaba las notas agudas a plena voz, es decir, que Rossini exigía falsete para el registro alto porque de lo contrario le sonaba antimusical (nunca lo entenderé). Un fraseo impecable, mediterráneo, ligero, sutil, humorístico, reflexivo. Unos agudos exactos, perfectamente vibrados, colocados al milímetro. Su voz es pequeña, es cierto, pero es lo que necesita Rossini, agilidad y agudos, no volumen y metal. Y por si era poco, domina la escena como y quisieran muchos actores teatrales. Un grande, y el mejor es su estilo.
La Damrau no se quedó atrás, y si cabe sorprendió aún más porque no se le acostumbra a ver por Rossini. Apenas ha cantado la Rosina de El Barbero, y con Adele se confirma que tiene unas cualidades idóneas para bastantes papeles sopraniles de Rossini. Interesante personaje el de Adele, que la Damrau enriquece y dificulta aún más con sus agilidades de vértigo y su control de la respiración, como si de un reloj suizo de tratara. Qué lujo verla y escucharla. Me firmó un CD suyo. Grande, y además adorable.
Qué decir de Joyce, una de las mezzos del momento. Más experimentada en Rossini que Damrau (el músico compuso más papeles para mezzo que para soprano), y muy frecuente en los roles travestidos (en este caso hace de paje de Ory), la pasta de su voz es bellísima y encaja genial con la de Flórez. Lástima que no tenga una gran aria en esta ópera, aunque estuvo de dulce en el dúo con el tenor. Otra para el Olimpo.
Los bajos estuvieron realmente bien, aunque es cierto que dada la calidad de los anteriores les presté escasa atención. Lo mismo sucede con la orquesta. El coro excelente, sin paliativos.
Habrá DVD, en el que podremos disfrutar de la colorista puesta en escena. Nunca olvidaré mi estreno en el MET, que en 2011 difícilmente hubiese sido mejor.