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Charla del escritor Felipe Santa-Cruz

Charla del escritor Felipe Santa-Cruz.

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“Mi querido Guasón. El vagabundo que se creía Sherlock Holmes”

“Mi querido Guasón. El vagabundo que se creía Sherlock Holmes”.


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La danza de la lluvia del gobierno

¡Vaya la que está cayendo! ¡Qué forma de jarrear! No para de llover. Y dice la teoría del caos que el aleteo de una mariposa puede generar tormentas al otro lado del mundo. Pues debe haber una familia de ellas con un descomunal problema de ansiedad allende los mares. Si no las mata nadie, nos encharcan las navidades, como el año pasado.

Y luego está “la globalización”, ese gran cajón desastre al que va a parar, según quién lo use, ora todos los elogios, ora toda la porquería que hay sobre la mesa de debates. Los economistas se acuestan y se levantan con dicho término; sus esposas le guardan un celo horroroso. Y, claro, todo el día pensando en lo mismo, ¿qué brota de sus inteligencias?, ¿piropos cariñosos para sus olvidadas señoras? Para nada; máximas como ésta: “EEUU estornuda, y Europa se constipa”. ¿Quién nos mandaba a nosotros a estar dentro de Europa; a Europa, a no apartarse cuando EEUU estornuda, y a EEUU, a no taparse la boquita cuando tose?

¡Hala!, ya estamos constipados y empapados. Entre la globalización y la meteorología, no paran de hacernos la puñeta, no para de llover sobre mojado, y España… que no se cura.

Pues llamemos a quien tenga poder para sanarnos.

Dirigimos nuestras vista hacia el gobierno. Es a él a quien suponemos nuestro médico, nuestro Galeno, nuestro curandero, o al menos el único de nosotros que llega al botiquín, al armario de las medicinas, y sobre todo, que tiene las llaves de ambas cerraduras. ¿Qué hacen? La danza de la lluvia, que no sirve para nada, pero queda simpático y entretiene al vulgo.

A la meteorología no  hay forma de sortearla —bueno, sí, ya lo hemos dicho: matar a las mariposas—. Pero, en cuanto a la economía, alguien, hace ya tiempo, debería haber propiciado que el país se liase una bufanda alrededor del cuello, y dejado que guardase cama y se medicase. ¿Por qué no se hace? Fácil. No es el médico el que muere, sino el enfermo.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.


La policía del lenguaje políticamente correcto

Quiero aprovechar este primer artículo que escribo en este foro para agradecer la invitación a colaborar en él de mi buen amigo Felipe Santa-Cruz, creador de este espacio “limpio pensadores”. Algo que ha hecho, además, de manera arriesgada, ya que me ha dado plena libertad para que escriba sobre aquello que entienda por conveniente, si bien por tratarse de un blog que cultiva las letras, a ellas trataré de ir refiriendo mis artículos y entradas. Ahora bien, a falta del arte que tiene mi querido Felipe para que de su pluma salgan bellas estrofas, no me queda otro recurso que la clásica prosa.

Y valiéndome de esta prosa española dedico este artículo a la policía del lenguaje políticamente correcto que determinados sectores sociales y políticos, con supina ignorancia, pretenden imponer. Un lenguaje en el que “el campesino” es “operador agrario”; hablar de una “persona negra” (sin connotaciones) es entendido como racista y hay que decir “persona de color”, o, como escribía en un artículo Pérez-Reverte sobre el uso del término “moro”, donde defendía a un pobre chaval que había sido igualmente reprendido por su profesora por haber llamado “moro” a los “moros”.
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Sin rencor

Tras el sexto atentado del grupo terrorista ETA contra la Universidad de Navarra, el rector de la misma pronunció las siguientes palabras: “(…) este nuevo acto de vileza de la banda terrorista ETA no detendrá a esta comunidad universitaria que va a seguir trabajando sin temor y sin rencor”.

Esta frase, que empieza por lo común, en su final encuentra lo sublime. “Sin rencor” es lo que pretendemos realzar en estas líneas por lo bello y profundo. No guardar rencor es conceder el perdón, vía fundamental hacia la mejora continua de ambos individuos: el que otorga el perdón, y el que lo recibe, ya sea tras demandarlo o como don inesperado. El ser perdonado permite al que sufre por males cometidos despojarse de la careta de monstruo que la sociedad le entrega y que el confunde con su propia piel. Una persona que no halla el perdón en el damnificado, acaso le es más costoso perdonarse a sí mismo. La consecuencia de esto es el cargar con una maleta demasiado pesada como para realizar movimiento de cabio alguno; máxime cuando este consiste en el titánico esfuerzo que supone la aceptación de una conducta errónea como tal, y su posterior erradicación.

Perdonar no es consentir, es humanizar el mal cometido para que pueda llegar a ser asumido.

Pensemos un instante cómo vive un etarra su intimidad. Personas dañadas en lo más profundo de su ser por la nociva ideología que les alimentó y que ahora se les indigesta. Ideología que les conduce al odio y al rencor como vicio. Males, ambos, que legitiman en su sinrazón actos de brutalidad tales como la privación a un individuo de su vida.

Sin embargo, ese individuo que es arrastrado a las tinieblas por la fuerza, muere una sola vez; el etarra muere con cada asesinato; dinamita un trozo de su alma con cada bomba colocada. Nadie muere tan a menudo como quien mata a diario.

También sus dolores están viciados.

El dolor de las víctimas del terrorismo es un dolor sincero, limpio, agónico, descarnado. Sus lágrimas destilan amor segado, sufrimiento no merecido ni buscado, injusticia incomprensible que les lleva a culpar a la Providencia. El dolor del etarra es contradictorio y tenebroso; es lucha interna, donde su alma se encuentra a merced de hordas de invasores que destruyen a sus anchas, pues los captores de su libertad se encargaron en su momento de robar las armas que pudiesen defender su pensamiento, y se encuentran desnudos en su interior; es desdén por aquello que les han obligado a odiar cuando más inocentes eran sus mentes: “la vida”. El dolor del etarra es un infierno alternante de demonios nacidos de sus culpas y parcialmente controlados por el autoengaño; es un terrible crepúsculo que coloca sombras donde debería haber luces, y luces donde verías sombras; es miedo a la lucidez que tiene la cualidad de liberar a la conciencia amordazada; es la destrucción de la persona; la pérdida de su capacidad de autogobierno. El peor mal de asesino es el odio a la vida ajena, pues supone resentimiento contra su propia existencia. Saber que el desprecio a uno mismo es sepultar, segundo a segundo, la posibilidad de ser feliz, debe ser desesperante. Vivir con la certeza de sufrir íntimamente hasta el final, debe ser un verdugo incesante de la razón y la esperanza.

Hay agujeros donde la oscuridad es indomable, si nadie la alumbra será siempre absoluta.

Es por todo esto que debemos tenderles una mano amiga. Que sea la Justicia quien les hable de sus culpas y responsabilidades. Nosotros abracémoslos como hermanos que hoy malviven, pero que mañana pueden buscar la felicidad plena en nuestra compañía.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 25 de noviembre de 2008.