Archivo de la categoría: Poesía

Pobre raza

Me condujeron mis pasos
a la Plaza del Museo;
al recordar sólo veo
un hombre durmiendo al raso,

y la noche, y, como lava,
las dispersas luces rojas
dando lumbre ocre a las hojas
del ficus que me guardaba.

Era un árbol centenario;
sus hojas se desprendían
de su copa, y las seguían
mis ojos. Y corolario

fueron de mis pensamientos
(yo llegué allí aturdido).
Pensé en el tiempo vivido,
en los achaques y vientos

que el viejo árbol debía
de contar (si todavía
mantienen algún bosquejo
de cuentas los seres viejos).

¿Qué harás tú para querer
seguir apurando gotas
de lluvia, luces, motas
de polvo?… Y vi caer

leves, por los aledaños,
las hojas, secas y verdes.
¡Quieres vivir porque pierdes
tus recuerdos con los años!

¡Ay, la nuestra, pobre raza
que no alcanza
a olvidar lo que ayer fuimos
ni los recuerdos pesados,
y vivimos agobiados
hasta el día en que morimos!

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá


Pintarte

No pienses que no quiero
pintarte, es que no puedo.

Los sutiles pinceles
de trazo limpio y cierto
para pintar tus ojos,
tus labios (la expesión alegre en ellos),
quisiera utilizarlos, pero, al verte,
resbalan de mis dedos.
Y los colores vivos
que viste el mundo gris cuando te veo,
los pinta tu mirada en mi mirada;
yo en mi alma no los tengo.

No pienses que no quiero
pintarte, es que no puedo.

Como hacen los poetas cüando aman,
si quieres me retrato los adentros.
El agua de este pozo, el agua clara,
devuelve tu reflejo.

Felipe Santa-Cruz


A ayer

Hoy me sabes a ayer,
a principio y a noche de verano.
Me sabes a ron miel.
Y hueles al perfume
de duda en tus pupilas y en tus labios
y a la primera vez.

Felipe Santa-Cruz


“Quintillas al poeta”, de Miguel Juárez Quiles

Tengo el honor de publicar en este blog un poema que me dedicó el poeta y amigo Miguel Juárez. Me hace mucha ilusión colgarlo aquí y compartirlo con vosotros (seáis quienes seáis). Espero, algún día, merecer los versos que me regalaste, Miguel. Muchísimas gracias por el poema.

Y, al resto, que lo disfrutéis. Un saludo a todos:

Quintillas al poeta

Tú que tallas las palabras

Cincelando cada verso,

Que te declaras disperso

Y después el poema labras

Creando un límpido universo.

Tú que entre guitarra y palmas

Vas esculpiendo las rimas

Y entre vinos las sublimas

Y regalas a las almas,

Que las respetas y estimas.

Tú que en la tabla de una tasca,

Con la tiza pintas versos,

De impresos en los anversos,

Versificas a la vasca,

En los estilos diversos.

Tú que respiras poesía,

Eres eso que respiras,

Que la ves el lo que miras

Y le encuentras su armonía

Sin ardides ni mentiras.

Tú versador, tu amigo,

Tú que los llenas de luz,

Sevillano y andaluz;

A ti te escribo y te digo.

“Grande”. Felipe Santa Cruz.

Miguel Juárez Quiles


Soneto al hasta luego

Tus ojos son dos islas de sirenas

que cantan, con voz dulce y armoniosa,

hechizo que no es magia, es otra cosa,

aunque igual teja mágicas cadenas.

 

Tus ojos corazón son de las venas,

regueras cuyo paso es el que adosa

mi espíritu a la alegre rama rosa

del árbol de la tarde tarde apenas.

 

Pues nunca es tarde dentro de esa tarde.

Y siempre hay tiempo. Y un zaguero beso

se teme más que al último latido.

 

Tu mano suelto en un postrero alarde,

y con un solo beso me despido,

y no me he ido aún cuando regreso.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá

Sevilla, domingo, 16 de enero de 2011


Ya viene el cortejo

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas
la gloria solemne de los estandartes,
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en su trueno de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
Él dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
de negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño.
Ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!

¡Clarines! ¡Laureles!

Los nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros
las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros.
Las trompas guerreras resuenan:
de voces los aires se llenan…

A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encaman las glorias pasadas…
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros,
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!…

Rubén Darío

 


Palma contra palma

Ya palma contra palma,

un cantar. Canta el alma por la mano.

Fuera reina la calma

y un eco con acento sevillano.

Dentro, la algarabía.

En un bar, canto, priva y simpatía.

 

Tasca de rico espacio.

En la pared, imágenes piadosas.

Detrás, un San Pancracio

una balda sostiene. En sus losas

el ebrio se entretiene

y el sobrio no lo es, cuando el vino viene.

 

Ya copa contra copa,

por brindar. Espontánea así la risa,

como ajada la ropa.

Remangada y abierta la camisa,

Enrique, el camarero,

baila rumbas con pose de torero.

 

En el aire vibrando

aquella sevillana obscena  a voces

alzadas va anunciando

una vasta algazara por los goces.

Que, en esta tierra paya,

ríe igual la nobleza y la canalla.

 

Y mientras suena ésta,

ella, la de Jerez de la Frontera,

se apura y les contesta

con la gracia de algún decir cualquiera,

que de su tierra evoca.

Minerva y Baco. Brindan lira y copa.

 

Ya no hay palmas. Ya rojas

y cansadas cayendo van las manos.

Dentro reina la calma.

Uno a uno se van los parroquianos,

con las voces cascadas

y rotas y perdidas las miradas.

 

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 25 de mayo de 2009.

 

Ya palma contra palma,

un cantar. Canta el alma por la mano.

Fuera reina la calma

y un eco con acento sevillano.

Dentro, la algarabía.

En un bar, canto, priva y simpatía.

Tasca de rico espacio.

En la pared, imágenes piadosas.

Detrás, un San Pancracio

una balda sostiene. En sus losas

el ebrio se entretiene

y el sobrio no lo es, cuando el vino viene.

Ya copa contra copa,

por brindar. Espontánea así la risa,

como ajada la ropa.

Remangada y abierta la camisa,

Enrique, el camarero,

baila rumbas con pose de torero.

En el aire vibrando

aquella sevillana obscena  a voces

alzadas va anunciando

una vasta algazara por los goces.

Que, en esta tierra paya,

ríe igual la nobleza y la canalla.

Y mientras suena ésta,

ella, la de Jerez de la Frontera,

se apura y les contesta

con la gracia de algún decir cualquiera,

que de su tierra evoca.

Minerva y Baco. Brindan lira y copa.

Ya no hay palmas. Ya rojas

y cansadas cayendo van las manos.

Dentro reina la calma.

Uno a uno se van los parroquianos,

con las voces cascadas

y rotas y perdidas las miradas.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 25 de mayo de 2009.