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Pobre raza

Me condujeron mis pasos
a la Plaza del Museo;
al recordar sólo veo
un hombre durmiendo al raso,

y la noche, y, como lava,
las dispersas luces rojas
dando lumbre ocre a las hojas
del ficus que me guardaba.

Era un árbol centenario;
sus hojas se desprendían
de su copa, y las seguían
mis ojos. Y corolario

fueron de mis pensamientos
(yo llegué allí aturdido).
Pensé en el tiempo vivido,
en los achaques y vientos

que el viejo árbol debía
de contar (si todavía
mantienen algún bosquejo
de cuentas los seres viejos).

¿Qué harás tú para querer
seguir apurando gotas
de lluvia, luces, motas
de polvo?… Y vi caer

leves, por los aledaños,
las hojas, secas y verdes.
¡Quieres vivir porque pierdes
tus recuerdos con los años!

¡Ay, la nuestra, pobre raza
que no alcanza
a olvidar lo que ayer fuimos
ni los recuerdos pesados,
y vivimos agobiados
hasta el día en que morimos!

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá