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El país dentro de la carpa

Circo del Sol

Una carpa encierra a la vez que protege. La carpa de la que hablamos encierra magia, ilusiones, fantasía, un mundo donde lo artificioso se logra a base de sudor, genialidad y trabajo. La carpa de la que venimos hablando pertenece al Circo del Sol.

Este lugar está poblado por seres generosos. Su trabajo es emocionar y entretener. Su llanto durante los ensayos son sonrisas del público durante la actuación; sus ropas disfrazan a la par que cubren las marcas de la entrega; vuelan y se arrastran por el escenario, a veces más espíritu que cuerpo, más ilusión que realidad.

Pero la carpa es todo un país, y existen otros seres bajo ella: los espectadores. Ellos son tan generosos como los primeros, pues llegan vacíos pretendiendo llenarse. Y, ¿Acaso no es generosidad el permitir recibir?, ¿no es esto lo mismo que confiar? El que da un consejo no es más generoso que el que lo recibe con agrado, quien regala una sonrisa no es más desprendido que quien la guarda en su alma, el que lee entrega tanto como el que escribe.

El fuego calienta al hombre, cierto; pero el hombre alimenta el fuego. El ser humano da y recibe, pues precisa de ambas acciones. A veces, recibiendo, en verdad se da. ¿Cómo delimitar estas fisonomías? ¿Dónde está aquella línea divisoria? Ambas son fundamentales, ambas son el día; no conocemos crepúsculo.

El artista se yergue sobre el escenario y dice: “dejen sus preocupaciones, pasen a un mundo de sensaciones y sentimientos: les acercaremos lo divino”; el espectador se acurruca y se deja engrandecer.

Sublime misterio que cuelga al trapacista de cables y entrega alas al espectador. ¿Brilla el sol fuera?; dentro brillan almas.

Una familia ocupa varios sitios. ¿Cuáles? Cuales quiera. ¿Cuántos eran en dicha familia? Dígalo usted, o inventemos juntos la cifra; no nos importa realmente.

Nos importa que había un padre. Es fundamental decir que un hijo suyo se sentaba, por ejemplo, a su izquierda.  ¿Qué edad tenía el padre? Pues era mayor que el hijo, obviamente. ¿Qué edad tenía, pues, el hijo? Ahora responderíamos: ¿acaso lo podemos determinar? En aquel momento tenía la inocencia de un crío que se lo cree todo, los movimientos emocionales de un poeta y la mirada de un sabio que contempla la naturaleza.

Las luces del escenario se apagan y éste queda a oscuras. La música llena cada espacio, cada vacío, ahora es la auténtica protagonista. El hijo cierra los ojos e inspira profundamente, se concentra y estremece. Diríase que aspira el alma del espectáculo y  trata de oír sus latidos.

El padre lo mira y lo juzga cansado.

– ¿Duermes hijo?– pregunta entonces éste.

– No– contesta el hijo–. Sin embargo, sueño.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

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