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Elogio fúnebre a un gran hombre, mi abuelo

Todos deseamos que nos amen, pero corremos una gran suerte por amar. La plenitud se consigue amando; entregando amor.

Esto lo sabía bien mi abuelo. Él amaba en la tierra, y ahora ama desde el cielo.

Su amor era acogedor, invitaba a que le amasen. De esta forma, ya no sólo recibías su amor, sino que te ayudaba a amarle, y así te engrandecía. Te entregaba lo sublime a través de lo cotidiano. La crítica jamás aparecía en sus labios, el perdón brotaba a borbotones. No juzgaba a nadie, pero diagnosticaba como ninguno.

Cuando entrabas en la salita te decía: “Siéntate, hijo mío”. Luego se interesaba por ti. Preguntaba por lo más menudo y se preocupaba por todos tus allegados.

Si quisiéramos demostrar hasta qué punto todo esto es cierto, no tendríamos que hacer más que mirarnos, hoy, entre nosotros. Él sacaba lo mejor de cada persona. El bien se encuentra cómodo con el bien; el mal se quedaba muerto de miedo en un rincón del alma.

Mi abuela es un inmejorable ejemplo de este hecho. Bondadosa y cariñosa; fiel compañera; amantísima esposa, madre y abuela; generosa mujer y decoroso ejemplo de vida.

Este matrimonio virtuoso conocía el fin de la existencia humana. Ambos sabían, desde el día de su nacimiento, que todos hemos sido llamados a aquel postrero banquete. Desde muy jóvenes se preparaban para acudir a él. Limpiaban sus almas, así como sus ropas; perfumaban sus cuerpos, así como sus almas. Peinaban sus cabellos de la misma forma que desmarañaban su espíritu. Tan puntillosos eran para lo visible como para lo místico. Tanto mimaban la forma como el fondo.

Ahora ya estaban listos. Esperaban sentados, en la salita o en la cama, a que el anfitrión les mandara a recoger. Mi abuelo no sólo estaba preparado, sino que se sabía preparado.

Él ya ha partido. Está en el banquete, que se celebra en aquellas estancias que anuncia el Evangelio. Está sentado en una gran mesa, donde seguro participa del Amor de Dios, y de la compañía de amigos y familiares. A su lado tiene reservado un sitio, es para mi abuela. Se levanta, busca al metre, y le dice: “por favor, ¿puede usted quitar esas aceitunas de la mesa?, mi mujer está al llegar y no las puede ni ver”.

Cada vez que cometemos una falta, se levanta. Se dirige al Padre, y le pide que no lo tenga en cuenta. Ya que esto es así, tratemos de no cometer faltas, no queremos que esté todo el rato levantándose, ¿verdad?

Cuando necesitamos ayuda corre a socorrernos. “Por favor, Padre —comenta cuando está frente a Él— échale una mano, ¿no ves que te necesita, que sin ti nada puede?”.

Él confía en nosotros. Ya nos tiene reservado un lugar en la mesa, ya tenemos habitación en las estancias. El encargado le pregunta por nosotros: “¿Está seguro de que van a venir?”. Él, con firmeza, le responde: “Le doy mi palabra de honor”. ¡Tal es la fe que tiene en nosotros! Eso es, por tanto, lo que le debemos.

Cuando queramos hablar con él oraremos. Y, si antes sacaba el móvil, ahora aguzará el oído y dirá: “Un segundo, Don Fulano, me llaman”. Se alegrará con cada oración igual que antes lo hacía con cada llamada de teléfono y con cada visita.

A nosotros su ausencia nos duele, no cabe duda. Su partida ha dejado un gran vacío en este mundo. Su vida y su ejemplo nos producen más daño que alivio. Pero es esta vida, que perdura en su ejemplo, lo que nos asegura su participación en el banquete. Ahora nuestros ojos no le ven, pero su mirada nos acompaña a todas horas.

 

 

 

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla13 de diciembre de 2008.

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