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Fran, cabizbajo, camina y se compadece

Avda. de la Cosntitución

Avda. de la Cosntitución

La noche es del paseante. Es por la noche que pasea el poeta. La noche no es ni del coche, que duerme callado, cansado de tanto alborotar, ni del atareado, al que llama el sueño con tal ímpetu, que por querer volar, camina ligero. No decimos que no haya otros actores en esta obra, apuntamos que los primeros son los protagonistas, y el resto hacen de público o figurantes secundarios. Son los poetas quienes juegan con el decorado de la obra, miran al público, o improvisan soliloquios con la voz más baja, la del pensamiento.

Al poeta se le antoja corto el paseo, sabe que se acaba y lo prolonga tomando el camino más largo. Este ser detesta dormir, pues detesta despertar.

Fran bajaba por la Constitución hacia Plaza Nueva cabizbajo; Fran era uno de aquellos poetas y paseaba, pero no miraba a la luna, miraba al suelo. Se fijaba anonadado en cada mendigo o músico callejero que se cruzaba en su camino. Le llamaban especialmente la atención los segundos. Los miraba tan intensamente, con tal pena posada en sus párpados, que estos casi quedaban imantados a sus ojos, hasta que Fran volaba de ellos como una mariposa aturdida y caprichosa. La noche le caía encima y caminaba encorvado. Todo era vago y enorme, todo era fuerte, porque él era débil. Todo quedaba lejano, porque no llegaría a ninguna parte. Caminaba como un octogenario tirando de un cuerpo apenas adentrado en la veintena. Si le hubieran parado para preguntarle a dónde iba, no hubiera sabido qué decir; si le hubieran inquirido que de dónde venía, hubiera quedado mudo. Ni iba ni venía, ni volvía a ni regresaba de, y el que no vuelve a ni regresa de, es porque escapa a o huye de.

¿De qué escapaba Fran? De sí mismo, de la decepción. ¿Quién lo había decepcionado? Él mismo. ¿Hacia dónde huía? Hacia el hundimiento. Escapando del fracaso, fracasaba; huyendo del dragón, se rendía a sus pies.

Su dolor era de aquellos más difíciles de tratar. Caminaba triste, sin saber qué tristeza le aturdía. Este dolor es de tal composición: Por un lado duele, como cualquier mal, es una herida; por otro, el no saber de dónde viene el mismo, nos advierte de que lo hemos elegido nosotros y de que no queremos enfrentarnos a él, y, por lo tanto, que no sólo lo elegimos, sino que lo aceptamos y queremos.

Estos son los síntomas, pero su dolor tiene un agravante: no quiere curarse, quiere ir a peor. Fran golpeaba su moratón una y otra vez. ¿Cómo? Haciendo uso de su imaginación. Se procura el dañino placer de pensarse una víctima. Su fantasía le situaba en el papel del herido digno de caridad. Esto es terrible y, como hemos visto, dañino. Fran se sabía bajo el agua, pero no tenía voluntad de salir, la tenía de perecer; veía sangrar su herida, pero le parecía bello y por ello ahondaba en ella a base de ficción. Es la imaginación al servicio de la autocompasión, es estar enfriado y caminar bajo la lluvia con los pies desnudos. Fran pensó en duros dramas que le pudieran acaecer, pero con gloria. El dolor y la desdicha son heroicos y agradables en la frente. Su castigo emocional era perpetrado a la vez por la razón y por la ficción. La primera alumbró en las sobras y la segunda apagó la vela.

Lo que le ocurría es, en verdad, sencillísimo: había guardado demasiada basura en el saco de su conciencia, y aquella tarde se le había roto, dejando su alma tan llena de polvo, que ahora lo veía todo negro. Tampoco se veía con fuerzas para limpiarla, porque cuando todo está sucio no se sabe por dónde empezar, ni siquiera si bajo tanta suciedad puede haber algo distinto a ella.

Si dejásemos la narración en este punto estaríamos siendo injustos con Fran, como lo estaríamos siendo con cualquier individuo al que analizásemos como simple modelo causa y efecto. Hasta ahora hemos dicho que un niño llora si le hurtamos su piruleta. Ahora trataremos de clarificar el por qué del llanto del niño al arrebatarle su golosina.

Estudiemos a Fran.

En primer lugar, hemos dicho que Fran imagina, pero ¿qué imagina? Imagina que le duele el alma y es socorrido sin necesidad de quejarse; que recibe lo que da, porque en verdad da; que cuando alguien le daña se disculpa, de la misma forma que lo hace él. Todo esto imagina, y todo esto le daña. Sin embargo, nada de esto le disculpa. No se debe esperar recibir lo que uno da, ni se debe descuidar lo fundamental por lo superfluo. Aquella conciencia sucia por haber acumulado basura no se limpiará con las lágrimas de esta excusa.

Fran tiene más circunstancias que le llevan a descuidarse: Fran es un niño con un globo. Como globo es sublime, pues vuela por encima de las cabezas del resto, llegando incluso a rozar las nubes; como niño es caprichoso y descuidado. A veces el niño suelta la cuerda y el globo se le escapa. Entonces llora mientras corre desesperado tras el globo. Éste es manejado al antojo de los viento. Sube altísimo, mucho más alto de lo que podría hacerlo mientras el niño lo sujeta. Otras veces desciende hasta el suelo, donde es pisoteado y puede llegar incluso a rasgarse; el niño lo recupera destrozado.

Este sube y baja es su imaginación. La imaginación puede servir a la genialidad y a la autodestrucción. Fran sufre por ello.

Volvamos a hacernos la misma pregunta: ¿disculpa esto a Fran? No, lo dijimos antes y lo repetimos ahora. ¿Qué debería hacer Fran? Conseguir que el niño ate el globo a un clavo hasta que limpie la suciedad de su conciencia. Luego habrá de hacer crecer al niño para que mantenga la conciencia limpia mientras sostiene en la otra mano el globo, ya con brazo de hombre. Cuando quiera que el globo se eleve, o cuando sienta que este se quiere elevar, con adquirir una cuerda más larga tendrá suficiente.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 5 de febrero de 2009.

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