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Booktrailer de “El vagabundo que se creía Sherlock Holmes”

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“Mi querido Guasón. El vagabundo que se creía Sherlock Holmes”

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Vida y curiosa forma de viajar de Funganito

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Fermín. La verdadera historia del vagabundo juez de calle

Conoce a Fermín, el vagabundo que dedicó su vida y su desempleo a juzgar el mundo desde la acera.


Principios Universales del Estudiante Crápula

Tras la rigurosa observación del comportamiento de varios grupos de estudiantes, he sacado una serie de principios en claro que se cumplen sin excepción y de forma ineludible. Algunos son experiencias propias, fruto de los experimentos en los que he participado, como un individuo más, arriesgando mi integridad física y moral.

Los Principios Universales del Estudiante Crápula son los siguientes:

1.      Una cerveza conduce de manera inexorable a la siguiente, y así sucesivamente hasta llegar a la copa.

2.      La noche no tiene por qué acabar donde empieza el día. Tal concepción del tiempo está desfasada desde que existen los afterhour.

3.      Un día entre semana no alberga diferencia alguna con uno del fin de semana.

4.      El beber agua es una costumbre bárbara y soez, que atenta contra el medio de vida natural de peces y otros animales acuáticos y subacuáticos.

5.      Las casas son para dormir el tiempo justo para salir de nuevo. Se permite un breve asalto a la nevera y a la despensa. También es recomendable acercarse al cabeza de familia con la mano derecha abierta y la palma de la misma mirando hacia arriba.

6.      Tengo que estudiar no es una excusa; tengo una pierna rota tampoco lo es. No tengo dinero se aceptará siempre que el conjunto del grupo no pueda paliar tal carencia. En dicho caso, cuando el individuo en cuestión diga con voz lastimera: “yo me voy a casa, porque no tengo dinero”, el resto del grupo permanecerá callado, o, si acaso, alguien responderá: “bueno, pues ya nos vemos mañana, ¿no?”

7.      Volverse a casa antes de que el conjunto del grupo lo haya dictaminado se considera deserción, y será tratado como falta grave.

8.      No poder hablar por estar gravemente afectado por la ingestión masiva de alcohol no representa problema alguno, lo preocupante sería lo contrario.

9.      Las siete de la tarde es una hora más que aceptable para dar comienzo al noble arte de la ingestión alcohólica. El hecho de que la biblioteca cierre a las nueve no debe influenciar al grupo.

10.  Las copas del Corner no afectan al hígado ni producen los deseables efectos propios del alcohol. Por ello, quedan degradadas automáticamente a la condición de agua.

11.  La palabra alcohólico es un invento malicioso del los sobrios, que tratan de convertir a la población a su doctrina contrafáctica. Se propone el término: aficionados a las reuniones sociales con fines embriagadores.

12.  No es necesario apuntar cuándo un establecimiento sirve garrafón, en el caso de que ya se esté consumiendo bebida dentro del mismo. Es de tan mal gusto como decirle a un amigo, que está a punto de tomar un bocado de su hamburguesa, que es rata.

13.  Tan censurable es beber antes de un examen como no hacerlo después.

14.  También será considerado falto de tacto el recordar a los miembros del grupo que tras aquella juerga sigue habiendo vida por delante y un mañana por la mañana.

15.  Los vasos de tubo son un producto capitalista denigrante para el aficionado a las reuniones con fines embriagadores. Es necesario abogar por las copas de balón  y vasos anchos. Reconocemos el mérito de locales como Alcopone y Postura.

16.  El hígado no es tan soso como nos quieren hacer creer; disfruta tanto del alcohol como el que más.

17.  Un tropiezo lo tiene cualquiera, no significa nada. El caminar en línea recta está sobrevalorado, puede hacerlo cualquiera y, por lo tanto, es vulgar.

18.  Con la intención de que el miembro del grupo que se mantiene sobrio para conducir no se sienta desplazado, se deberá hacer todo lo posible por hacerlo partícipe de la juerga, convirtiéndolo en el centro de todas las burlas y mofas. Ya que el grupo se derramará, sin querer, copas encima, tendremos que derramarle, sin querer, copas encima al conductor. Habrá que vigilar, también, que no beba una gota de alcohol ni ligue, no queremos volver a casa andando. A la mañana siguiente no podrá resistirse a llamar al resto del grupo a casa para reírse de su resaca, de modo que no se considera inmoral el humillarlo sin piedad; es mantener el equilibrio cósmico.

19.  Ligar es un concepto subjetivo, no debemos dudar de la palabra de un amigo.

20.  Vomitar en el coche de un amigo es señal de confianza, aprecio y generosidad; compartir es vivir.

21.  Frases del tipo: “¿tú no tienes un examen mañana a las  08:30?” serán castigadas inmediatamente con la imposición, al individuo en cuestión, del puesto de conductor, con todas sus pertinentes consecuencias.

22.  Cuando un miembro del grupo propone tomar la última copa, sólo caben tres respuestas: “sí”, “amén” y “siempre”. Un leve asentimiento será aceptado.

23.  Si un portero no permite la entrada al grupo a un determinado local, se le insultará desde cierta distancia, con el volumen de voz justo para que nos escuche el resto del grupo, pero jamás el sujeto objeto de los improperios.

24.  Si notásemos que reina en el grupo un sentimiento de remordimiento y malestar de conciencia por la proximidad de una obligación ineludible (por ejemplo un examen), nuestro deber consistirá en repetir hasta la saciedad que las mejores fiestas son las que se improvisan. Si esto no funcionara, recurriremos a: una cervecita rápida y para casa.

25.  El alcohol distorsiona la forma de percibir el tiempo. Si una cervecita rápida parece durar ya cuatro o cinco horas, no quepa duda que es un efecto del alcohol; sigan bebiendo sin remordimientos.

26.  Todo el mundo es de puta madre hasta que se demuestre lo contrario.

27.  Las personas de cierta edad que pretendan sentirse jóvenes parloteando con el conjunto del grupo, deberán, obligatoriamente, subvencionar las copas de cada individuo que le preste atención.

28.  Cuando un miembro del grupo decide, de manera espontanea e individual, tumbarse en el suelo y echarse una cabezadita, no somos quién para contradecir su voluntad.

29.  Las señoritas del grupo, o cualquiera que esté cerca, deben de estar en todo momento bien provistas de bebidas alcohólicas. Mientras haya un caballero cerca, una dama nunca debe permanecer sobria.

30.  La cerveza sin alcohol es una aberración de la tecnología. Queda automáticamente degradada a la condición de agua, o, ya que provoca gases, a la de agua con gas. Desde aquí proponemos su ilegalización. El colectivo de aficionados a las reuniones sociales con fines embriagadores nunca ha propuesto la comercialización de coca-cola con alcohol, han de pagar cada producto por separado. Que dejen a la cerveza tranquila, ¡paren de experimentar con ella!, es inmoral.

31.  Olvidar es, a menudo, un privilegio. Se desaconseja tratar de llenar las lagunas etílicas, pueden salir a flote recuerdos traumatizantes. Que lo que el alcohol borre, no lo rescriba el hombre.

32.  Es un hecho contrastado que el que más bebe es el más hombre.

Todos estos principios se resumen en todos estos principios. Por favor, trate de no seguir ninguno de ellos en absoluto.


Querido Álvaro: Una carta con humor

17 de febrero de 2010

Querido Álvaro:

¡Feliz cumpleaños!
Ya sé que pasó, y que llegué tarde a la celebración ―según tú, no llegué, pero eso no es del todo correcto―, y que no te regalé nada… Pero todo tiene arreglo entre amigos, ¿no? El hecho de que no te comprara nada entonces no fue culpa mía. ¿O Acaso es mi culpa que los flujos monetarios y financieros no fluctúen de acuerdo con las fiestas y los cumpleaños de mis familiares y amigos? Entonces no tenía dinero, por eso te regalo ahora.
Pero no pienses que las cosas están mejor ahora. ¡Para nada! Te habrás dado cuenta, sin duda, de que el folio en que lees estas letras tiene algo impreso por el reverso. ¡Exacto! ¡Estoy reciclando! En parte es porque me preocupa el medio ambiente, en parte porque hace ya varias semanas que me quedé sin folios limpios. Gasto una cantidad ingente de papel. Entre la facultad, lo que escribo y que mi impresora ―la pobre está mayor― se dedica a imprimir cuando le viene en gana lo que le viene en gana, creo que estoy acabando yo solito con la Selva Amazonas. Pero te diré una cosa: ¡no me siento mal por ello! ¿Sabes por qué? Porque todo está relacionado con todo. Dicen que cuando al otro lado del mundo una mariposa aletea, aquí se genera una tormenta. Pues seguro que en la Selva Amazonas hay un montón de mariposas, y mira las navidades que hemos pasado, todo el día lloviendo; ¡que se joda la selva! ―si lees esto en alto a alguien, no leas lo de “que se joda”, que es de mal gusto por mi parte; si lo haces achacaré la falta a un fallo de redacción o a un virus informático que plaga mis documentos Word de “que se joda” continua y caprichosamente.
Por otro lado ―siguiendo con mis explicaciones de que las cosas no están ahora mejor que entonces―, te habrás dado cuenta ―y si no lo has hecho eres un auténtico animal― de que la carta que lees está escrita a ordenador. Sabrás que es mucho más correcto redactar este tipo de documentos a mano. Si fuera una de esas cartas de empresa, pues todavía, pero siendo, como es, un documento de índole personal, debería haber utilizado para ello mi pluma. ¿Por qué no lo he hecho? Muy sencillo: No entenderías mi letra. Y no porque tenga la letra fea o ilegible; nada más lejos de la realidad, mi letra ganaría certámenes de belleza si hubiera alguien tan estúpido como para organizarlos. Ocurre, en cambio, que, además de comprarte este regalo a ti, le he comprado el regalo de Reyes a Mercedes ―por lo mismo que te he contado antes, en aquellas fechas no tenía dinero para comprarle a ella nada―. Este par de desembolsos han dejado algo afectado mi sistema nervioso, y se me ha quedado un ligero temblor en las manos que deforma mi letra horriblemente. No te preocupes, ya me iré reponiendo.
Para más inri, el otro día me ocurrió una desgracia que no ha contribuido a mejorar mi temblor de manos, todo lo contrario. Tras dejar a Mercedes en su casa, a razón del antipático frío que arreciaba, decidí tomar el tranvía ―esplendido como me hallaba, pues tenía unos cinco euros en monedas; estaba que lo tiraba―. Tú sabes que soy algo despistado. Pues bien, llegué a la parada del Prado de San Sebastián pensado en mis cosas y ―¡horror!―, sin darme cuenta, introduje la primera moneda en la ranura destinada a acoger las tarjetas, los bonobus o vete tú a saber para qué chorras está esa ranura ahí. Al percatarme de que la pantalla no mostraba el importe que ya había introducido, y sin adivinar aún que me equivocaba de ranura, decidí meter los veinte céntimos restantes para empujar la moneda de un euro que, tal vez, pensé, se había quedado atascada sin poder bajar por el conducto pertinente. Al hacerlo, el resultado fue idéntico al descrito arriba. No tardé en darme cuenta de mi error, con gran desagrado por cierto. De modo que, como presagiarás, tomar el tranvía me costó dos euros cuarenta; un auténtico dineral por recorrer unas cuantas paradas. Me alegra pensar que me cargué la máquina al introducir las monedas por al abertura equivocada. Estuve todo el camino de vuelta tranquilizándome con la imagen de tres operarios ―uno trabajando y dos mirando, por supuesto; ¿quién le sujetaría si no el bocadillo y el pitillo?― preguntándose a voz en grito quién habría sido el subnormal que había metido monedas por ahí. La próxima vez se preocuparán de que esté mejor indicado. ¡Que se jodan! El virus de nuevo.
Ya ves pues que mal está todo. La gente dice de la cuesta de enero, pero la de febrero le está ganando por goleada, y me da miedo pensar en la de marzo y abril. Eso sin contar lo de la Crisis de la Cerveza. Un euro con veinte. ¡Qué barbaridad! Y nadie se queja. Con el petróleo sí… ¿Es que soy el único que consume más litros de cerveza que de gasolina al mes?
En fin… ¿Para qué te escribía yo?… ¡Ah, sí! Tú regalo. Ya lo habrás abierto, y te habrás encontrado con un fabuloso libro. Tal vez pienses que te he comprado la edición más barata, y es cierto, en cierto modo… Bueno, en realidad es completamente cierto en todos los modos, es la más barata, pero no lo hice por racanería. Pensé que preferirías la edición de bolsillo, que es más cómoda de leer. Yo tengo la buena, un día te dejo que la mires. De todas formas no te preocupes, la traducción es la misma. Quizás la tuya no tenga dibujitos, pero si quieres te fotocopio los de mi libro, y no te cobro las fotocopias; eso corre de mi cuenta ―si estuviéramos hablando por chat ahora insertaría un emoticono de guiño, pero hacerlo en una carta es una horterada; te aguantas y te lo figuras tú solito.
El libro es muy bueno. Es una auténtica genialidad. Ya te hablé de él en alguna ocasión. El autor tiene un estilo muy ágil. Es muy divertido y maneja el patetismo como ninguno ―si es que eso existe―. Es un libro que debería leer todo el mundo. Y a eso voy. Si quieres dejarle el libro a alguien, no seré yo quien te lo impida. Tal vez podría leerlo Caro. Pero he pensado, y es sólo una idea, una tontería, que después podrías dejárselo a otra gente, y cobrarles un precio módico, asequible ―¿unos cuarenta céntimos, quizá?―, por leerlo. El libro se lee muy rápido; la rotación sería bastante alta. Podrías empezar por la familia. Podrías leerte el libro en casa, profiriendo grandes carcajadas de cuando en cuando, y también frunciendo el ceño en actitud de absorbente interés, en otras ocasiones. Luego podrías recomendárselo a quien, atraído por tu actitud, se interese por él, con la ayuda de Caro ―la cual no debe saber nada del negocio, porque querría su parte―, que también les debe hablar maravillas de la obra, y cuando ya estén babeando por cogerlo, cuando sus dedos ya acaricien las blancas y recortadas tapas del libro, pumba, les dices que lo alquilas. Puedes utilizar cualquier maña: decir que es para una buena causa o para una mala, para los niños pobres, para los ricos, para los de clase media que fingen ser de clase alta, para los de alta que fingen ser de baja, para lo que quieras. ¡Échale imaginación! Yo puedo enseñarte una técnica que tengo ya muy perfeccionada: “La mirada del Gato de Shrek” ―tal vez haya escrito mal “Shrek”; no pienso corregirlo―. A mí me funciona multitud de veces. Y no hace falta que tengas un gorro que estrujar, tiene el mismo efecto si lo haces con una bufanda o un chaleco. Lo importante es la mirada. Yo me motivo pensando en lo que me juego, en lo que gano si funciona. Me mentalizo evocando la voz del camarero diciendo: “Venga, Felipe, a esta te invito yo!” Luego piensas en algo que te entristezca horrores. Yo antes pensaba en la subida de la cerveza. Ahora, desde lo del tranvía, me funciona mejor recordar a aquel euro veinte que abandoné a su suerte en una fría máquina.
He pensado que, ya que yo he sido el inversor principal del negocio, podríamos ir a medias. ¿Qué te parece? Sólo me llevaría veinte céntimos por cada alquiler. El libro se amortizaría solo. Luego podríamos ir comprando más libros y alquilándolos en lugares variados. Podríamos empezar por nuestras familias, luego por los bares ―la Abacería nos ayudaría a distribuirlos por allí―, y en nada de tiempo, ¡ja!, ricos. Piensa que, mientras más dinero gane yo, menos me tenéis que invitar vosotros. Sales ganando lo mires por donde lo mires.
La idea es genial, reconócelo. Tengo un amigo judío… Bueno, en realidad no es judío, pero le caen muy bien los judíos. Posee un vínculo empático muy fuerte con ellos, y se le ha acabado pegando su olfato comercial. Siempre se pone del lado de ellos en los conflictos con los palestinos. Además, a veces viste de negro, por lo que creo que es un poco judío. En fin…, tengo un amigo que es “un poco judío”, que dice que es un negocio genial, que a él le encantaría invertir pero que ahora mismo tiene todo su dinero en otros asuntos… O probablemente hubiera dicho eso si yo le hubiera contado la idea. Pero es mejor no decirle nada; ya sabes cómo son estos judíos, ¿eh? Seguro que trata de robarnos la idea. Lo importante es que mi amigo “medio judío” ―en realidad también tendría que entrecomillar lo de “amigo”―, diría que es un gran negocio, en caso de que yo le preguntase. Y los judíos son muy buenos en esto. Los romanos ―que eran unos capullos integrales, pero hablaban muy bien latín, y yo respeto mucho a la gente que habla latín―, ya sabían lo bien que se les dan los negocios a los judíos; por eso montaron una sucursal en Jerusalén. Perdona por lo de “capullo” y por lo de “integral”, sé lo poco que te gusta todo lo que suena a light.
Y con esto me despido, que la cosa se está alargando más de lo debido, y yo tengo montones de tiempo que lanzar al calmo y apacible lago que es mi vida cotidiana. Que sepas que mis intenciones son nobles ―una de ellas creo que es marquesa; las otras no son nadas, pero tienen unos aires que como si lo fueran―. Sólo quiero que la gente lea y beneficiarme de ello, y que tú también lo hagas, claro.
Espero que te guste el libro y que sepas valorar una buena idea cuando la tienes delante.
Un abrazo:

Tu amigo Felipe.

Posdata: Si no has destrozado el sobre con tus manazas, tal vez lo podría reutilizar, ya me lo das otro día. Pero, si lo quieres, te lo puedes quedar; un regalo es un regalo ―guiño.

Posdata 2: No pienso revisar la carta. No seas remilgado con las faltas de ortografía y el estilo. Al que no le guste “que se joda” ―virus.