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Sin rencor

Tras el sexto atentado del grupo terrorista ETA contra la Universidad de Navarra, el rector de la misma pronunció las siguientes palabras: “(…) este nuevo acto de vileza de la banda terrorista ETA no detendrá a esta comunidad universitaria que va a seguir trabajando sin temor y sin rencor”.

Esta frase, que empieza por lo común, en su final encuentra lo sublime. “Sin rencor” es lo que pretendemos realzar en estas líneas por lo bello y profundo. No guardar rencor es conceder el perdón, vía fundamental hacia la mejora continua de ambos individuos: el que otorga el perdón, y el que lo recibe, ya sea tras demandarlo o como don inesperado. El ser perdonado permite al que sufre por males cometidos despojarse de la careta de monstruo que la sociedad le entrega y que el confunde con su propia piel. Una persona que no halla el perdón en el damnificado, acaso le es más costoso perdonarse a sí mismo. La consecuencia de esto es el cargar con una maleta demasiado pesada como para realizar movimiento de cabio alguno; máxime cuando este consiste en el titánico esfuerzo que supone la aceptación de una conducta errónea como tal, y su posterior erradicación.

Perdonar no es consentir, es humanizar el mal cometido para que pueda llegar a ser asumido.

Pensemos un instante cómo vive un etarra su intimidad. Personas dañadas en lo más profundo de su ser por la nociva ideología que les alimentó y que ahora se les indigesta. Ideología que les conduce al odio y al rencor como vicio. Males, ambos, que legitiman en su sinrazón actos de brutalidad tales como la privación a un individuo de su vida.

Sin embargo, ese individuo que es arrastrado a las tinieblas por la fuerza, muere una sola vez; el etarra muere con cada asesinato; dinamita un trozo de su alma con cada bomba colocada. Nadie muere tan a menudo como quien mata a diario.

También sus dolores están viciados.

El dolor de las víctimas del terrorismo es un dolor sincero, limpio, agónico, descarnado. Sus lágrimas destilan amor segado, sufrimiento no merecido ni buscado, injusticia incomprensible que les lleva a culpar a la Providencia. El dolor del etarra es contradictorio y tenebroso; es lucha interna, donde su alma se encuentra a merced de hordas de invasores que destruyen a sus anchas, pues los captores de su libertad se encargaron en su momento de robar las armas que pudiesen defender su pensamiento, y se encuentran desnudos en su interior; es desdén por aquello que les han obligado a odiar cuando más inocentes eran sus mentes: “la vida”. El dolor del etarra es un infierno alternante de demonios nacidos de sus culpas y parcialmente controlados por el autoengaño; es un terrible crepúsculo que coloca sombras donde debería haber luces, y luces donde verías sombras; es miedo a la lucidez que tiene la cualidad de liberar a la conciencia amordazada; es la destrucción de la persona; la pérdida de su capacidad de autogobierno. El peor mal de asesino es el odio a la vida ajena, pues supone resentimiento contra su propia existencia. Saber que el desprecio a uno mismo es sepultar, segundo a segundo, la posibilidad de ser feliz, debe ser desesperante. Vivir con la certeza de sufrir íntimamente hasta el final, debe ser un verdugo incesante de la razón y la esperanza.

Hay agujeros donde la oscuridad es indomable, si nadie la alumbra será siempre absoluta.

Es por todo esto que debemos tenderles una mano amiga. Que sea la Justicia quien les hable de sus culpas y responsabilidades. Nosotros abracémoslos como hermanos que hoy malviven, pero que mañana pueden buscar la felicidad plena en nuestra compañía.

 

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.

Sevilla, 25 de noviembre de 2008.