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La danza de la lluvia del gobierno

¡Vaya la que está cayendo! ¡Qué forma de jarrear! No para de llover. Y dice la teoría del caos que el aleteo de una mariposa puede generar tormentas al otro lado del mundo. Pues debe haber una familia de ellas con un descomunal problema de ansiedad allende los mares. Si no las mata nadie, nos encharcan las navidades, como el año pasado.

Y luego está “la globalización”, ese gran cajón desastre al que va a parar, según quién lo use, ora todos los elogios, ora toda la porquería que hay sobre la mesa de debates. Los economistas se acuestan y se levantan con dicho término; sus esposas le guardan un celo horroroso. Y, claro, todo el día pensando en lo mismo, ¿qué brota de sus inteligencias?, ¿piropos cariñosos para sus olvidadas señoras? Para nada; máximas como ésta: “EEUU estornuda, y Europa se constipa”. ¿Quién nos mandaba a nosotros a estar dentro de Europa; a Europa, a no apartarse cuando EEUU estornuda, y a EEUU, a no taparse la boquita cuando tose?

¡Hala!, ya estamos constipados y empapados. Entre la globalización y la meteorología, no paran de hacernos la puñeta, no para de llover sobre mojado, y España… que no se cura.

Pues llamemos a quien tenga poder para sanarnos.

Dirigimos nuestras vista hacia el gobierno. Es a él a quien suponemos nuestro médico, nuestro Galeno, nuestro curandero, o al menos el único de nosotros que llega al botiquín, al armario de las medicinas, y sobre todo, que tiene las llaves de ambas cerraduras. ¿Qué hacen? La danza de la lluvia, que no sirve para nada, pero queda simpático y entretiene al vulgo.

A la meteorología no  hay forma de sortearla —bueno, sí, ya lo hemos dicho: matar a las mariposas—. Pero, en cuanto a la economía, alguien, hace ya tiempo, debería haber propiciado que el país se liase una bufanda alrededor del cuello, y dejado que guardase cama y se medicase. ¿Por qué no se hace? Fácil. No es el médico el que muere, sino el enfermo.

Felipe Santa-Cruz Martínez-Alcalá.


Sevilla daltónica

Erase una Sevilla
con curiosa dolencia y manía.
En una y otra orilla
del río que la cruza se sufría
tan grave daltonismo,
que hacía el pueblo burla de sí mismo.

Acudía Sevilla,
sin complejo, a comprar una chaqueta.
Sentábase en la silla,
Sevilla,tan flamenca, tan poeta,
y decía sin miedo:
“¿Esa es roja? Si es roja, me la quedo”.

Y así nuestra Sevilla,
por su defecto y altivez burlada,
rondaba por la villa
con su vieja chaqueta, mal cortada.
Y verde en vez de roja
era la prenda, y gris la paradoja.

Y es ella que se presta,
sin importarle apenas el engaño.
Con su chaqueta puesta,
no le importa si es lino, tela o paño,
o incluso si va coja,
que va feliz si cree que ésta es roja.

 

Felipe Santa-CruzMartínez-Alcalá.